Nací condenada a la monarquía recesiva, descendiente de Alfonso y María Cristina, tuvieron que llamarme Isabel, mas no segunda sino segundona, y con un soniquete al nadar del atún, que inspiró muchas mofas infantiles.
Con los años fui yo quien acostumbró a bautizarse, y pasaron por mi Liz, Chavela, Liesel, Lisbeth, Isabella, Isabelle y mi favorito amutio, que pronto dejaría de merecer.
Pesé 4.6 kg al nacer, hecho que acallaría orgullosa con mis 56 cm de largo, que más de un pijama echó a perder, y me coronaría como el bebé más largo que el servicio de limpieza hubiera visto nunca. Para ser sincera, nunca me pasé a revalidar este título.
¿Marcas heredadas? Ninguna, sólo una ceja rebelde, instigación de los mejores domadores, y un “fecha n’asturies” en el corazón.
martes, 9 de diciembre de 2008
lunes, 8 de diciembre de 2008
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